11 de junio de 2019
Puede parecer exagerado, pero para mí, la participación en el proyecto HEBE ha ido acompañada de un puñado de cambios y sacudidas en el ámbito personal y familiar que me han ofrecido la oportunidad de mirar mi profesión con otros ojos, con una mirada diferente que marcará inevitablemente un antes y un después.

Una de las ideas que me llevo y que he
hecho mía durante mi participación en los Focus Group es la idea de que el error es un elemento de aprendizaje y empoderamiento.
Una parte importante de mi trabajo consiste en acompañar al joven en la reflexión y en la toma de conciencia de todo lo que él «es» gracias a lo que ha vivido. El error y la posibilidad de equivocar, es un elemento que he introducido y ha cogido fuerza en mi día a día y en el desarrollo de mis clases y sesiones de orientación. Pongo el foco en hacer que el joven se dé cuenta que hacerse mayor es ir tomando decisiones teniendo en cuenta todas las opciones y el hecho de que él será el último responsable de estas y tiene que asumir las consecuencias. En esto, insisto mucho más ahora que antes de mi
participación en el proyecto Hebe.
Una segunda idea que he reafirmado y que se ha hecho mucho más visible para mí, ya que puede que no la tenía tan nítida y clara como ahora, es la idea de que nuestro trabajo es como aquella «agua» que riega y nutre el potencial que hay en el joven. Siempre he creído que mis alumnos o usuarios, sean jóvenes o no tan jóvenes, tienen un potencial que, demasiado a menudo, no son conscientes. Parte de mi trabajo es conseguir que emerja este potencial, pero no siempre puedo ver los resultados, ya que el afloramiento es un proceso lento y delicado.
La participación en el proyecto, me ha dado la oportunidad de forzarme a buscar esta visión, a mirar atrás con perspectiva y tomar conciencia de la
trascendencia de mi trabajo y de si esta «agua» con la que regamos al joven y a su potencial, es significativa o no tanto.
Al principio de esta entrada de cuaderno, comentaba que la participación en el proyecto Hebe había ido acompañada de ciertas vivencias personales y familiares que habían contribuido a tener una mirada diferente en relación a mi trabajo. Han sido tres las sacudidas que me han ayudado a crecer:

La muerte del padre, el pasado mes de noviembre, supuso, para mí, la pérdida
repentina de un puntal vital que no era consciente de que tenía y que recientemente me doy cuenta que ha sido un elemento de empoderamiento que me ha acompañado toda la vida, hasta ahora. Mi padre representaba el apoyo incondicional de quien daba la confianza de que todo saldría bien y todo era posible. Daba los consejos desde la experiencia y el amor sin esperar nada a cambio.

Otro de los baches, el diagnóstico de la condición del espectro autista (Asperger) a mi hijo de nueve años, ha dado luz a un grupo de dificultades que ya había
observado que tenía mi hijo y que, desde casa, intentábamos proporcionarle las herramientas y estrategias para superarlas. Este esfuerzo por parte del entorno familiar no fue suficiente para gestionar la pérdida del abuelo materno en el que él también situaba un puntal imprescindible. Esto nos ha llevado a esta «etiqueta«.
Darse cuenta lo importante que es el apoyo familiar (que no todo el mundo tiene) para superar algunas limitaciones; darse cuenta lo importante que es tener una mirada comprensiva y no culpabilizadora del comportamiento o las actitudes de las personas que se cruzan en nuestra vida, y darse cuenta de que nuestro trabajo implica necesariamente de un acompañamiento «artesanal», personalizado y respetuoso
con las limitaciones de nuestros usuarios (sean jóvenes o no), son otros aprendizajes que me llevo y he hecho míos.

Por último, el diagnóstico de dislexia a mi hija de 12 años en febrero.
A pesar de las insistentes observaciones que durante toda la primaria hice a los tutores de mi hija, nunca nadie se tomó en serio sus dificultades con las lenguas. Fue una decisión familiar la de hacerle una exploración profesional que aportó la explicación a tantas dificultades … y también una nueva «etiqueta».
Mi hija, se ha visto obligada a generar,
ella sola y durante todos estos años, estrategias para hacer frente a sus dificultades y que, en gran medida, han ayudado a enmascarar el diagnóstico.
Observando mi hija, he visto como de importante es la mirada atenta de los profesionales a los usuarios / alumnos, tanto a sus dificultades / limitaciones como sus potencialidades, es vital para poder acompañar a los jóvenes en su empoderamiento.
Es por todo ello que este año, ha sido un año revelador. Un año en el que he aprendido, porque lo he vivido y porque el Proyecto Hebe me ha dado la oportunidad de encontrar los momentos para reflexionar, lo importante que es:
– La mirada atenta
– La mirada comprensiva y no
culpabilizadora
– El trabajo «artesanal» de acompañar
– El acompañamiento personalizar y respetuoso
– La posibilidad del error
– La aceptación de la diferencia con comprensión y respeto
– El respetar el momento y no dar prisa para que se den los aprendizajes reales … y vitales!
Beth, junio 2019